Virginia Nazarena Mercado dejó de ser la testigo clave para convertirse en una pieza condenada por la Justicia. Ella y Paulina Lebbos eran compañeras en la carrera de Comunicación Social. Compartían el sueño de ser periodistas y una amistad estrecha. Sin embargo, tras la desaparición de su amiga, el relato de Mercado se volvió un laberinto de mentiras.
Aquella madrugada del 26 de febrero de 2006, ambas festejaban un examen aprobado en el boliche Gitana. Según su versión inicial, se despidieron a las 6:30 en un remís Fiat Duna color bordó. Fue la última vez que alguien vio a Paulina con vida.

Un testimonio lleno de sombras
Durante años, Mercado fue el único hilo para reconstruir los últimos minutos de la víctima. Pero en el juicio histórico de 2018, su memoria falló de forma sistemática. Soportó interrogatorios de más de diez horas que agotaron la paciencia del tribunal.
Sus respuestas fueron una colección de evasivas. No recordaba horarios ni detalles del remisero, a pesar de haber ayudado a confeccionar su identikit años antes. Además, negó conocer la relación violenta que Paulina mantenía con César Soto, aunque lo había mencionado al inicio de la causa.
El pacto de silencio y la confesión
La tensión estalló cuando Mercado se enfrentó en un careo con su propia hermana. Jimena Mercado reveló un extraño allanamiento en su casa que Virginia negó ante los jueces. Esa contradicción alimentó las sospechas de Alberto Lebbos: existía un «pacto de silencio» para proteger a terceros.
Ahora, radicada en Salta, Mercado decidió reconocer su culpabilidad. El acuerdo judicial confirma lo que la familia Lebbos sostuvo durante 20 años. Virginia Mercado mintió para entorpecer la búsqueda de justicia.
Su confesión llega poco antes de que César Soto, ex pareja de Paulina, se siente en el banquillo de los acusados. La pregunta que queda en el aire es la más dolorosa: ¿a quién protegió Virginia durante dos décadas mientras el cuerpo de su mejor amiga aparecía a la vera de una ruta?



