Cualquier tucumano que camine por la 25 de Mayo 90 se detiene a admirar la imponente arquitectura de la Casa de Gobierno, una joya del academicismo francés inaugurada en 1912. Sin embargo, pocos imaginan lo que sucede hoy, más de un siglo después, varios metros debajo de los pies del Gobernador. En ese mundo subterráneo, el escenario es dantesco. Unas impactantes imágenes muestran cómo este edificio, proyectado para simbolizar el progreso de Tucumán, se ha transformado en un verdadero vaciadero donde la desidia parece haber ganado la batalla definitiva.
El panorama se vuelve crítico al observar el agua que corre libremente por los pasillos, filtrándose entre las juntas de las baldosas y acumulándose en charcos que permanecen allí por tiempo indeterminado. En un contexto donde la provincia libra una batalla feroz contra el dengue, resulta paradójico y alarmante que el corazón del poder político sea el escenario ideal para el crecimiento del mosquito transmisor. Esos espejos de agua estancada, rodeados de humedad y falta de luz, funcionan como incubadoras naturales en pleno centro de la ciudad, convirtiendo lo que debería ser un Monumento Histórico Nacional en un foco de emergencia sanitaria.
Este estado de abandono representa un riesgo latente y cotidiano para los trabajadores y todas las personas que por allí circulan. Los empleados deben convivir con pasillos inundados, cables expuestos y motores de refrigeración desguazados que se oxidan junto a montañas de bolsas de basura. La acumulación de materiales inflamables, como cartones y plásticos, en áreas de escasa ventilación, dibuja una trampa de peligro constante que contrasta brutalmente con el lujo de las plantas superiores. Es una falta de respeto no solo a quienes sostienen el funcionamiento del Estado cada día, sino también a la memoria misma de un edificio que suplantó al viejo Cabildo para ser el máximo emblema de la institucionalidad tucumana.
A lo largo de los corredores, la basura bloquea el paso y se mezcla con restos de cajas y maderas en descomposición. El desorden es tal que los históricos pisos originales apenas se distinguen entre la chatarra y la mugre acumulada. Esta situación atenta directamente contra el patrimonio arquitectónico que pertenece a todos los ciudadanos. Mientras arriba se firman decretos y se habla de modernización, en las bases mismas de la Casa de Gobierno el agua sigue corriendo y el olvido se profundiza, exponiendo una de las contradicciones más dolorosas de la realidad provincial.



