Tras años de ser una sombra inalcanzable, la figura de Nemesio Oseguera Cervantes, alias «El Mencho», sigue generando escalofríos. No solo fue el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Fue el arquitecto de una organización que redefinió la violencia y el poder logístico en el mundo del crimen organizado. Su historia es la de un campesino que pasó de cuidar campos de aguacate a comandar un ejército de sicarios.
Del campo a la policía y al exilio
Nacido en 1966 en Michoacán, Oseguera Cervantes creció en una familia de agricultores pobres. En su juventud, emigró ilegalmente a California, Estados Unidos. Allí comenzó su carrera delictiva vendiendo heroína, lo que le valió su primera condena y posterior deportación en los años 90.
A su regreso a México, «El Mencho» tomó un camino inesperado: se convirtió en policía municipal en Jalisco. Sin embargo, su paso por la ley fue solo una fachada. Durante ese tiempo, estrechó vínculos con el Cártel del Milenio. Finalmente, abandonó el uniforme para integrarse de lleno a la estructura criminal, donde su frialdad lo hizo escalar rápidamente.
La creación del CJNG: Un ejército de terror
Tras la fragmentación de otros cárteles, Oseguera fundó el Cártel Jalisco Nueva Generación. Bajo su mando, la organización se distinguió por una disciplina militar y una crueldad extrema. El «Señor de los Gallos» —apodo que ganó por su afición a las peleas de aves— implementó el uso de tácticas de guerra, como drones explosivos y armamento de alto calibre, para enfrentar al Estado mexicano.
A diferencia de otros capos mediáticos como «El Chapo» Guzmán, «El Mencho» cultivó un perfil bajo y ermitaño. Se escondía en las montañas de Jalisco y Colima, desde donde dirigía una red que hoy opera en:
- América: Con presencia en casi todos los estados de México y ciudades clave de EE. UU.
- Europa y Asia: Con rutas sólidas de tráfico hacia mercados de alto poder adquisitivo.
- Oceanía: Controlando el lucrativo envío de metanfetaminas a Australia.
El criminal de los 15 millones de dólares
Para el Departamento de Estado de EE. UU., «El Mencho» era el enemigo público número uno. La recompensa de 15 millones de dólares por su cabeza reflejaba su peligrosidad. Se lo acusó de inundar las calles con fentanilo y cocaína, además de ser el responsable intelectual de miles de ejecuciones. Su legado es un imperio que, más allá de su figura, transformó el narcotráfico en una amenaza transnacional con capacidad de fuego superior a la de muchos ejércitos locales.




