Considerado el oráculo del diseño automotriz, Adrian Newey es el cerebro más exitoso en los 76 años de la Fórmula 1. Tras décadas de gloria en Williams, McLaren y Red Bull, el ingeniero inició su nueva era en 2026 como jefe de Aston Martin, tras haber gestado el monoplaza que promete revolucionar la actual reglamentación. Sin embargo, ni sus 26 títulos mundiales han logrado cerrar la herida abierta aquel 1 de mayo de 1994 en Imola.
Newey confiesa que la muerte de Ayrton Senna lo cambió físicamente —perdió el pelo por el estrés— y lo llevó a cuestionar su permanencia en el deporte. Esta frase, extraída de su autobiografía, marca una distinción ética que lo acompañó durante los juicios por homicidio involuntario en Italia, donde finalmente fue absuelto en 1997.
El error aerodinámico que Newey no olvida
Aunque la rotura de la columna de dirección fue el foco de las investigaciones judiciales, Newey sostiene una teoría más dolorosa basada en su propio trabajo. Según el ingeniero, el verdadero fallo fue la inestabilidad aerodinámica del Williams FW16. Al prohibirse la suspensión activa en 1994, el auto se volvió impredecible y difícil de controlar en circuitos con ondulaciones.
Newey admite que falló en la transición técnica, diseñando un coche que era aerodinámicamente inestable y en el que Senna intentaba realizar maniobras que la máquina simplemente no podía soportar. Una mejora en los pontones laterales, que hubiera solucionado el problema, se probó con éxito meses después, pero el tiempo —ese factor inexorable— no permitió implementarla para la trágica carrera de San Marino.
De la tragedia a la gloria absoluta
Tras el trauma de Imola y el proceso judicial, Newey regresó a la cima con McLaren, diseñando los autos campeones de Mika Häkkinen, y más tarde forjó la hegemonía de Red Bull con Sebastian Vettel y Max Verstappen. Su capacidad para interpretar el «efecto suelo» lo convirtió en la pieza más codiciada del mercado técnico global.
Hoy, en su rol como máximo responsable de Aston Martin, enfrenta el desafío de llevar al equipo inglés a su primer triunfo. A sus 67 años, sigue siendo el hombre que todas las escuderías desean; un genio que, a pesar de haber construido máquinas casi perfectas, nunca olvida que la ingeniería falló cuando el mundo más necesitaba que el auto de Senna fuera seguro.




