El temporal que golpeó con fuerza a Tucumán volvió a dejar escenas conocidas en distintos puntos de la provincia, aunque Los Gómez fue una de las comunas más afectadas. Ubicada al oeste, más allá de Leales, la localidad sufrió el desborde del río Salí durante la mañana del lunes, cuando el agua avanzó sin control sobre calles, viviendas y edificios públicos.
El acceso al pueblo ya resulta complejo en condiciones normales. La ruta provincial 306 une la Capital con la zona, pero después de Leales el trayecto es de ripio y está deteriorado, lo que obliga a circular con extrema precaución. El aislamiento se profundiza por la escasa conectividad: solo un colectivo llega al lugar en dos horarios diarios y la señal de telefonía móvil es casi inexistente. En ese contexto, la comunicación depende de algunos puntos de internet satelital que los propios vecinos comparten solidariamente.
La crecida sorprendió temprano. Minutos después de las ocho de la mañana, el río se salió de su cauce y comenzó a avanzar hacia las zonas más bajas. Las advertencias circularon de vecino en vecino. Algunos alcanzaron a elevar muebles y electrodomésticos, pero otros debieron abandonar sus casas con lo puesto. De acuerdo a los testimonios recogidos en el lugar, unas 40 personas fueron evacuadas y trasladadas a la escuela N°104 Maestro Joaquín Cía Santiago Frías, que funciona como centro de alojamiento. El agua también ingresó a la sede comunal, la comisaría y la iglesia.
En una de las áreas más comprometidas vive Nancy Díaz, junto a su hija Rocío Zelaya y su nieto de apenas tres meses. Con la emoción aún a flor de piel, contó que el agua entró de manera repentina y que no tuvo opción más que evacuar. “Todavía no pude volver a mi casa. No sabemos en qué estado quedó”, explicó. La situación le provocó una descompensación y debió ser asistida. La ayuda llegó, una vez más, desde los propios vecinos, que colaboraron para rescatar algunas pertenencias. Actualmente permanecen en la escuela, donde reciben atención médica y asistencia básica, aunque necesitan ropa y pañales.
En el mismo lugar se refugiaron Lilia y Sabina Leguizamón, hermanas de 72 y 76 años, que atravesaron una evacuación extrema. El desborde las encontró juntas y rodeadas de agua, junto a dos niños pequeños. Salir caminando era imposible, por lo que fueron rescatadas en lancha y luego trasladadas en un camión sanitario. Lilia, con problemas de movilidad, aún no sabe cómo podrá regresar a su vivienda. La preocupación ahora pasa por las condiciones sanitarias y los animales que llegaron con la inundación, como víboras y arañas.

Otro de los damnificados fue Lucas Leguizamón, cuya casa quedó bajo medio metro de agua. Relató que el líquido comenzó a brotar por el baño y que el piso parecía hervir. Su padre, de 75 años y con antecedentes cardíacos, debió ser atendido tras sufrir una suba de presión. “Perdimos casi todo, aunque lo material se puede recuperar. Contra la naturaleza no se puede”, resumió.
A pesar de los daños, la solidaridad vecinal fue una constante. Viviana Medina, propietaria de un gimnasio que también resultó afectado, decidió salir a ayudar apenas pudo. Junto a otros vecinos abrieron casas deshabitadas, rescataron muebles y armaron defensas improvisadas con tierra. Marta Morillo, pensionada de 60 años, logró proteger su vivienda gracias a una barrera armada con bolsas, plásticos y lonas, con la colaboración del barrio. “Fue la peor inundación que viví. Rogamos que no vuelva a llover”, expresó.
Mientras el agua baja lentamente, en Los Gómez comienza la etapa más dura: limpiar, asistir y reconstruir. El reclamo es unánime: obras que contengan al río y eviten que la historia vuelva a repetirse. Entretanto, la comunidad se sostiene en la ayuda mutua y en la esperanza de que el clima dé tregua.




