La reconstrucción de las últimas horas de Érika Antonella Álvarez tomó un rumbo inesperado tras las declaraciones de su hermano, Sergio Peralta. Según su testimonio, la joven de 25 años frecuentaba encuentros clandestinos organizados por Felipe “El Militar” Sosa, donde el consumo de estupefacientes y las prácticas sexuales grupales eran el denominador común. Sin embargo, el dato más perturbador surge de la existencia de un video grabado con un celular que dejaría al descubierto un conflicto de celos y odio previo al asesinato.
En esta pieza audiovisual aparecería una mujer que la familia identifica como Justina Gordillo, la empleada de la Corte Suprema ahora detenida. Según los Peralta, Gordillo no era una desconocida, sino una mujer que ya había amenazado de muerte a Érika tras descubrir que la joven mantenía encuentros íntimos con ella y su pareja, el principal sospechoso. Esta hipótesis de un «triángulo fatal» explicaría la saña del crimen y el posterior despliegue para borrar cualquier rastro del paso de la víctima por la casa de calle Santo Domingo al 1.100.
Durante la audiencia de prisión preventiva, la defensa de Gordillo intentó una maniobra legal que terminó siendo una confesión indirecta. Al pretender anular el cargo de encubrimiento alegando que la ley protege a quienes ayudan a sus parejas sentimentales, los abogados María Florencia Abdala y Camilo Atim confirmaron el vínculo íntimo entre la empleada judicial y Sosa. Mientras tanto, la acusada se mostró demacrada y se llamó al silencio, una postura que sus allegados atribuyen al pánico extremo que le tiene a «El Militar», un hombre descrito como un manipulador violento con terminales en el poder político y policial.
El juez Bernardo L’Erario Babot dejó una puerta abierta para Gordillo al sugerirle que amplíe su declaración bajo garantías de seguridad. La justicia tucumana enfrenta ahora el desafío de romper el miedo de una testigo clave que sabría exactamente cómo se eliminó el celular de Érika y quiénes ayudaron a Sosa en su huida a Buenos Aires. Por ahora, el misterio sobre lo ocurrido esa noche del 6 de enero sigue bajo siete llaves, custodiado por el temor a las represalias de un hombre que, según los testigos, siempre se supo protegido por las sombras del poder.




